Ideas-obras-de-arte

2005.06.7

(Vieja divagación en el cuaderno de notas.)

Mastico, rumio en mi cabeza esta idea que podría expresar como el artista filosófico o filósofo artístico.

Creador, inventor de ideas que provoquen lo que provoca una obra artística: la experiencia estética. La escritura sería un instrumento. O mejor, una herramienta, un medio de comunicación.

Estas ideas-obras-de-arte finalmente han sido usadas desde Sócrates en la oralidad, una voz durante los paseos peripatéticos: la palabra ha sido su camino de ida a los receptores.

Bien ha sido también la palabra escrita. Me recuerdo leyendo por primera vez el Zaratustra de Nietzsche (que por cierto, compré accidentalmente cuando tenía apenas catorce años). Ese “dios ha muerto” sigue rezumbando en mis oídos, sigue transformándome, sigue haciéndome una persona diferente cada día, cada vez, diferente siempre.

Las ideas-obras-de-arte de las que hablo son ideas que aceleran la diferencia.

Crear diferencias, crear paradojas, crear ironías. Hacer pensar, cuestionar.

Se necesita un nombre para estas extrañas ideas que toman forma de mensajes: aforismos, fórmulas, cápsulas, sentencias… no sé como llamarles.

No son ready-mades, pero podrían serlo. No uso ready-mades en su traducción literal sino entendiéndolos como dispositivos disruptivos, es decir, en el sentido de la experiencia estética que provocan. No lo son por supuesto, en el sentido de cosas ya hechas, listas para usarse, prêt-à-porter.

Efecto de la idea-obra-de-arte: pensar la alteridad, pensar la otredad, pensar al otro, pensar lo otro, pensar diferente, pensar la diferencia.