El fotógrafo y la ceguera: entre el cuarto oscuro y la luz al descubierto

2005.05.29

El fotógrafo es amigo de la luz y amante de la oscuridad. Todos los fotógrafos tenemos algo de ciegos.

O en otras palabras: ¿dónde quedó el cuarto oscuro?

La fotografía digital llegó para quedarse, no hay duda. Es ya solo cuestión de tiempo. La fotografía en soporte de película, gelatina y sales de plata está en el camino de pasar a la historia y acompañar a los electrónicos de bulbos, la telefonía analógica, las máquinas de escribir mecánicas, los discos de acetato y el telégrafo.

Habrá bastiones de la foto fija y cinematográfica que tardarán más que otros. No lo digo por nostalgia barata sino por la convicción basada en hechos de que ciertos usos de la fotografía tradicional todavía requieren del registro continuo de lo analógico. Ya hemos tocado este tema antes, no sin polémica.

Tal vez nada extrañaremos en algunos años de la fotografía como la conocimos. Hace tiempo que no doy clases de foto pero estoy seguro que de hacerlo empezaría por la digital y sólo a los interesados les enseñaría a ponerle rollo a una 35 milímetros.

Pero algo se pierde. Siempre. Algo.

Un fotógrafo se podía pasar el día entero en la calle o en el estudio lidiando con la luz. Que si se ve mejor de este modo, que si la luz en el amanecer es más fría que en el atardecer, que si el cielo nublado te tapan las arrugas, etcétera. Pero sin importar el tiempo que pasara conviviendo con la luz, tarde o temprano esperaba la oscuridad total de cuarto oscuro. Tanto de alumno como de maestro puedo decir que la experiencia contrastada era muy importante. Renunciar al privilegio de la vista para poder generar imágenes era un evento revelador en el doble sentido de la expresión —comprenderán los fotógrafos de antes.

El fotógrafo, Orfeo moderno, descendía hacia la oscuridad más negra para regresar victorioso con imágenes de luz. Al salir del laboratorio fotográfico el fotógrafo sentía que había parido, es decir, que literalemente había “dado a luz”.

(Casi todos los fotógrafos con una formación de fotoperidismo a la Cartier-Bresson o a la agencia Magnum en general, tienen entre su trabajo fotos de ciegos: en ellas se respira un respeto y sagrada reverencia por lo otro —el cuarto oscuro era el borde, el límite entre la luz y la ceguera total).

De ahí que el siguiente aforismo tal vez se vuelva un tanto obsoleto con el paso de los años. No sé, tal vez en el fondo sí tengo un poco de nostalgia.

El fotógrafo es amigo de la luz y amante de la oscuridad. Todos los fotógrafos tenemos algo de ciegos.