Regreso a los orígenes: el bolígrafo y el papel
2002.12.2Estoy tremendamente acostumbrado a los borradores, a escribir “en sucio”. ¿Por qué? No lo sé. Hasta no ver las letras y las palabras sobre la pantalla no puedo corregirlas, pensarlas, estructurarlas: no puedo leerme.
Tal vez por mi formación o deformación, me es imposible hacer público un texto (por “hacer público” entiendo desde leérselo a los amigos en voz alta como editar una revista) si no estoy completamente seguro de no ser malentendido. Siempre hay riesgos, por supuesto. Pero uno espera un mínimo de medidas de seguridad, y para mí es eso, nunca escribir “en limpio” o “en directo” o “en línea”.
Aún en un medio de tanta inmediatez como la de las bitácoras o webitácoras o weblogs, siempre he tratado de ponerme obtáculos, pasos intermedios, que de alguna manera me hagan detenerme, leerme, corregirme.
Dados los cambios provocados por los últimos acontecimientos en mi vida, debo confesar que había perdido el control en lo que escribía. Antes, todo el proceso estaba en una computadora, mi iBook. Ahora, el mundo de la oficina y de las PCs me impide mantener mis textos —las notas, los borradores— juntos, poder releerlos, revisarlos, pensarlos, reescribirlos y, finalmente, publicarlos.
Si a eso le agregamos que mis momentos de verdadera intimidad literaria y filosófica son fuera de la oficina y de la casa, la situación se complica. A pesar de vivir y trabajar en una misma ciudad, últimamente me siento un viajero.
Por todo esto, he cambiado de método de escritura: regreso al papel; regreso al viejo cuaderno de notas. De esta manera puedo estar escribiendo en el momento que tenga tiempo o tenga ganas. Estos borradores —que más bien son manuscritos porque los escribo con tinta— siempre los traeré conmigo para releerlos o modificarlos, y finalmente, publicarlos aquí.
Pierdo algunas cosas. Pierdo la velocidad, o mejor dicho, el flujo que se logra cuando uno escribe en el teclado (lo que uno piensa pasa casi directo a la pantalla). Pierdo la digitalización de mis pensamientos porque ahora los escribo en papel y después tengo que capturarlos a mano (y tengo una caligrafía que ni yo entiendo).
Sin embargo, al final creo que salgo ganando en algo muy importante: regreso a mis orígenes. La pluma y el papel, el bolígrafo y el cuaderno, son la mejor interfaz que se haya inventado jamás. Y créanme, todavía no la supera ninguno de estos aparatitos computarizados.
Del cuaderno de notas, que no es un Moleskine pero funciona (por cierto, ¿alguien sabe de un distribuidor en México?) los manuscritos pasarán casi íntegros a la pantalla. Lo que están leyendo, por ejemplo, fue escrito primero en ese cuaderno.
Esta bitácora comienza su segunda parte.