La filosofía del novelista
2002.09.18Encontrar reflexiones y planteamientos filosóficos en una novela no es tan difícil. No tanto porque sea una cualidad inherente a los escritores sino porque es una facultad de todo ser humano. Tampoco es difícil encontrar ciertas pausas narrativas cuyo tono se aproxime más al del ensayo que al de la novela. Sin embargo, me gustaría poder caracterizar cierto tipo de novelas que a priori me parecen más “filosóficas” que otras.
Se que hay alguna diferencia porque es el tipo de narrativa que más disfruto. Y creo que la mayoría estará de acuerdo en que hay mucha más filosofía en una novela de Milan Kundera que en una de Thomas Harris. Pero también sabemos que una novela no es ni puede ser un tratado filosófico porque entonces dejaría de ser novela y sería eso, un tratado filosófico.
(Hago una aclaración: esta divagación la escribe un lector cualquiera que poco sabe de literatura.)
Un protagonista, por ejemplo, puede pasar por momentos filosóficos, momentos de interrogación radical. Similar a lo que sucede en la tragedia shakesperiana, el héroe ya no acepta fácilmente su destino, sino que lo cuestiona y lo enfrenta, aunque no necesariamente lo resuelve, porque como toda pregunta filosófica, lo importante no está en la respuesta. Ejemplos los hay por igual en “El Quijote” y la novela policíaca o negra.
Este es el caso más común de la aparición de un planteamiento filosófico en la novela. Sin embargo, es también —por lo general— el más pobre. Dura unas cuantas líneas. Claro, por el contexto en que se encuentran esas líneas pueden impregnar páginas completas, o incluso, ser la esencia y razón de todo el planteamiento novelístico.
Otro caso lo constituyen las reflexiones filosóficas que tienen un espacio propio dentro del libro. Las novelas que caen en esta clasificación son las llamadas comúnmente novelas filosóficas. Herman Hesse, Tomas Mann y Milan Kundera podrían ser algunos de los escritores más representativos en esta área.
Kundera, en particular, tiene pequeñas joyas ensayísticas en varios de sus textos. Quizá la parte que me ha causado una impresión más profunda es el inicio de “La insoportable levedad del ser“. Es por mucho, el mejor planteamiento sobre el eterno retorno nietzscheano que he leído. Si de por sí la filosofía de Nietzsche es tan compleja de abordar, el eterno retorno a veces se juzga como esoterismo barato proveniente de una mente enferma y demente. En cambio, el novelista Kundera lo rescata como pocos filósofos lo han hecho.
El último caso —de esta reflexión— esta formado por aquellas novelas que se nos presentan como la escenificación misma de un complejo y profundo sistema filosófico. No es indispensable que en ellas exista un personaje cuestionándose cosas o que el autor nos escriba un estudio sobre algún tema. Son narrativa pura. La filosofía está entre líneas, la respiran los personajes, nuestras inquietudes son contagiadas por ella.
Y no me refiero a que en este tipo de novela el autor deje ver su propia visión o perspectiva sobre un tema o una manera de vivir. O que construya un mundo que invita a la reflexión. “Crash” de J. G. Ballard es así y no la estimo como “filosófica”.
Tolstoi y Dostoievski son dos autores que definitivamente incluiría en este grupo. De hecho, Dostoievski es como el alter ego literario de Nietzsche. Es, para decirlo con las palabras del filósofo, “demasiado humano”.
¿Qué hace a un novelista entrar al terreno de la filosofía? ¿Cambia en algo la escritura del narrador cuando él o sus personajes se hacen preguntas filosóficas? ¿Hay cambios en la composición narrativa? Estas preguntas, por supuesto, son para hacerlas a un novelista.
Estas tres categorías —que antes de pretender agotarse aquí deben verse como un mero apunte— son totalmente discutibles. Hay quien puede ubicar a Cervantes o Kundera en el tercer tipo. Lo más adecuado sería diferenciar obras concretas y no autores. (Pero la idea era hablar de la filosofía del novelista no de la novela filosófica.) Algunos trabajos de Hesse y Mann tal vez podrían estar en el primer tipo y un par de ellos en el tercero. “El jugador” de Dostoievski no puede ser comparado con “Los demonios“.
Faltan autores y novelas. Me siento culpable por no poder recordar de momento ejemplos de novelistas hispanoamericanos, por ejemplo.
Sospecho que esta historia (o ensayo) continuará.