La novela del filósofo
2002.09.9Si Nietzsche hubiera escrito una novela ¿cómo hubieran sido sus personajes? ¿Qué historia hubiera contado? ¿Habría elegido un formato victoriano, romántico, existencialista? ¿Habría renovado las formas de la narrativa con un estilo nuevo y original?
¿Qué tal Wittgenstein? Si me dijeran que él fue autor de un relato como “Flatland” lo creería sin dudarlo. Los protagonistas de sus cuentos tendrían que ser entidades abstractas convertidas en imaginarias.
En Hegel veo un novelista. Un novelista de una sola novela, en varios tomos, perfectamente planeada y estructurada de principio a fin. ¿Qué personaje representaría a “tesis”? ¿El antagonista sería “antitético”? ¿Un final “sintético”?
San Agustín sería un cronista de la intimidad. Me imagino hombres y mujeres suaves y sutiles, pero con una gran pasión y fe interior. Escenarios y mundos difusos, volátiles.
La pregunta: ¿qué tan diferente puede ser escribir narrativa a escribir ensayo? O mejor lo planteo así, para evitar convertirlo en una cuestión de género: ¿qué tan diferente es escribir para pensar, escribir para expresar ideas, de escribir para contar una historia, para narrar?
Los filósofos no se caracterizan por ser buenos con el drama. Aún cuando durante mucho tiempo en la mayoría de las universidades “filosofía y letras” era una sola carrera. O incluso considerando lo que Derrida nos ha hecho ver ya: no hay filosofía sin escritura.
¿Por qué se separan tanto dos caminos cuyo origen –a priori al menos– es similar?
Hay excepciones. Algunas muy interesantes. No podemos entender una filosofía platónica o una mayéutica socrática sin diálogos. Y los diálogos son tanto un recurso retórico como dramático.
Los filósofos posteriores a la gran caída de los sistemas han convivido más con sus hermanos literatos. Pienso en Sartre y pienso en Savater.
Y, retomando el tema del recurso retórico, hay formas que se acercan a lo literario para enmarcar una disertación. Las “Confesiones” de San Agustín, la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, o el “Así habló Zaratustra” de Nietzsche son ejemplos de ello. Pero la voz de el santo que se confiesa, la ética escrita para el hijo, o los avatares de un profeta, no dejan de ser un marco, una puesta en escena, un pretexto para la exposición de un razonamiento, de una filosofía.
No lo sé de cierto, pero supongo que hay algo en la cabeza del filósofo que no lo hace muy apto para narrar. Y sin embargo a veces parece que todos los filósofos traen una novela dentro de sí mismos.
Una amiga escritora me dice que le da remordimiento escribir más crónicas que cuentos. Yo le digo que a mi me da remordimiento escribir más ensayos que crónicas. Ya ni que decir de una novela.
Esta reflexión no inicia aquí, con este texto. Siendo estrictos inicia con las otras disertaciones que he publicado sobre la escritura. Tampoco termina aquí, en estas líneas. Seguramente seguirá en las próximas semanas. (Qué tal si les anticipo el título de la continuación, para darle un toque más, como decirlo… dramático: “La filosofía del novelista“)
Y espero que algún día esta reflexión la pueda dar por terminada al escribir “fin” en la última página de la novela que, como todo filósofo, traigo dentro.
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En general todos los agrupados bajo el tema de la escritura y filosofía.