Filosofía aplicada, segunda parte

2002.08.12

Cuando decimos “filosofía aplicada” lo decimos en el sentido que se dice “matemáticas aplicadas“. Ni las matemáticas ni la filosofía tienen una aplicación práctica, no son útiles por sí mismas. Pero no porque no puedan serlo, sino porque no es ese su objetivo.

La metáfora clásica para esto son los juegos como el ajedrez o el go. No tienen utilidad práctica, no representan nada, su objetivo no es resolver un problema concreto, real, o fuera del tablero. Sin embargo, muchos han encontrado que la práctica de estos juegos de estrategia (estrategia simulada y controlada) ayudan a desarrollar ciertas capacidades útiles en otros ámbitos más allá de la superficie cuadriculada. O bien, sirven como modelos para explicar fenómenos ajenos a ellos.

A eso nos referimos con “filosofía aplicada”. La filosofía es un auxiliar en el desarrollo del pensamiento razonado, inteligente, y radical, aún cuando lo que piensa no sirva para nada. Además, algunos de sus modelos, de sus descripciones, de sus hipótesis, de sus planteamientos, son excelentes catalizadores para resolver ciertos problemas del mundo técnico, tecnológico, o en general, de problemas que escapan a una clasificación evidente.

Pensar filosóficamente es pensar con las cabeza abierta. Es esforzarse por abrir puertas ahí donde no hay más que paredes.

Veamos. La pregunta de la filosofía, la pregunta griega, la pregunta socrática es “¿qué es… ?” Pero no es un “qué es” que se conforma con la primera respuesta. (Ni con la última, según veremos.) Se reformula, se encadenan preguntas, nada puede ser obvio. De hecho, la primer respuesta sirve de pretexto para abrir opciones, analizar, dividir, clasificar, buscar excepciones, alternativas.

La filosofía no es una pregunta que se va esclareciendo por tanteos sucesivos hasta quedar finalmente contestada en la conclusión de la obra emprendida, sino una conclusión esencial de la que se parte y que en el desarrollo de sus múltiples implicaciones y problemas se va haciendo más y más compleja hasta que la conclusión misma, sin dejar de serlo, se convierte en la última y definitiva cuestión. (Fernando Savater, “Invitación a la Ética“)

No hay pregunta ingenua, no hay pregunta obvia. Y preguntar no sirve de nada ni es útil. Al menos de la manera en que la filosofía problematiza y complica las cosas.

(Mientras se la pasaban haciendo preguntas y preguntas, tres generaciones de filósofos -Sócrates, Platón, Aristóteles- y dos generaciones de discípulos -Liceo, Academia- dieron forma, sin proponérselo, a las ciencias occidentales modernas. Por ello se dice que la filosofía es la “madre de todas las ciencias”. No es que le guste parir ni lo que previamente ello implica, sino que sus preguntas abren constantemente nuevos campos de estudio.)

La filosofía es el arte de hacer preguntas. No promete ni se compromete a dar respuestas. Al menos ninguna respuesta definitiva. Eso sí, se ufana justificadamente de tener la facultad para plantear más y mejores preguntas. De buscar y generar nuevos significados.

¿Para qué? La filosofía no se preocupa mucho del para qué. De ese para qué pragmático, al menos. Ahora bien, en algún momento a alguien le puede ser de utilidad el saber preguntar. No porque ese alguien no tenga preguntas (me imagino un letrero afuera de un negocio: “se solicitan preguntas”) sino porque con las que tiene no le alcanzan para llegar a las respuestas (el letrero entonces debería decir: “se requiere personal para mejoramiento de preguntas”).

A diferencia de otros, al filósofo se le necesita no para que nos diga lo que sabe, sino porque es un experto en no saber. Bueno, específicamente, es un experto en saber que no sabe.

En el mundo real, en la práctica, en la empresa, el taller o el negocio, no se puede pensar filosóficamente, de lo contrario nunca se haría nada. El ejecutivo, empresario o ama de casa se la pasaría pensando antes de lanzarse a la acción. Cuando la obra o proyecto que se emprende cuenta con un manual, se ha realizado con anterioridad y de manera exitosa, o es simple rutina, no hay mucho que decir. No hay mucho que preguntar. El pensamiento filosófico es ideal para obras o proyectos en áreas nuevas. Ahí donde antes de actuar hay que empezar a definir, a preguntarse “¿qué es… ?”

O bien, ya avanzados en la obra o proyecto, surge un problema nuevo, algo no determinado con anterioridad. De alguna manera eso que parecía obvio (porque se hace diario, porque nadie se detuvo a cuestionarlo) no lo es tanto y empieza a generar conflictos. Es tiempo de redefinir conceptualmente el proyecto desde un principio, dejar de pensarlo todo y pensar por partes. Pensar filosóficamente.

Por eso comparamos a la filosofía con las matemáticas: solicitamos su ayuda cuando nos encontramos con la incógnita de la ecuación.

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